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Este tipo de poncho es costoso y su uso demuestra capacidad económica para poder adquirirlo. Su valor cada vez mas alto está determinado por varios factores: la escasez y mayor valor de la materia prima -la lana-, el aumento constante del precio de los colorantes importados que sirven para teñir ese material, así como el hecho de que cada vez hay menos personas dedicadas al oficio, lo que hace rentable su ocupación en comparación con otro tipo de tareas textiles donde hay mayor competencia y, por consiguiente, la mano de obra es mas barata.
En la provincia de Imbabura quedan pocos tejedores de ponchos. Usan el telar de cintura para su trabajo y solo contados artesanos conocen la técnica double face para hacer ponchos de dos caras. La mayoría de estos tejedores producen otro tipo de ponchos, generalmente los llamados de chulla cara, o de un solo color, con los que abastecen a sus clientes indígenas o campesinos de las diferentes comunidades de varias provincias del país. Los tejedores de ponchos residen en Iluman, Carabuela, Angelpamba, San Luis de Agualongo, San Roque, Agualongo de Paredes, pertenecientes a las jurisdicciones cantonales de Otavalo y Antonio Ante.
El largo proceso para hacer un poncho de dos caras comienza con el abastecimiento de lana sucia que se compra en la feria de los sábados en Otavalo. Los vendedores son indígenas que recorren toda la provincia de Imbabura para conseguirla o que viajan a las provincias centrales del país, Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo con el mismo propósito. El tejedor selecciona cuidadosamente la calidad del material a adquirir: lana merina fina, para los hilos de la urdimbre y fibras largas, de calidad inferior para los hilos de la trama. En especial hay que prestar atención al material para la urdimbre, pues es necesario hacer hilos muy finos, requisito indispensable dada la calidad de la prenda que se va a elaborar.
Si bien el trabajo artesanal textil -en Imbabura- es preponderantemente masculino, las tareas auxiliares como el escarmenado o limpieza, el lavado, cardado, hilado y retorcido, reciben la participación femenina y aun de los niños en ciertas tareas elementales. Este es el mecanismo de trasmisión de los conocimientos de padres a hijos, que se da desde los primeros años de vida y en el seno de la propia familia.
Los tejedores de ponchos, al igual que los tejedores de otros lugares, tienen secretos que guardar, hay informaciones que no las proporcionan fácilmente a personas extrañas. En este caso son las relacionadas con la tintura, actividad especializada que saben muy pocos artesanos.
Una vez concluido el trabajo se entrega la prenda a quien encomendó hacerla, pues muy rara vez se hace un poncho de dos caras para sacarlo a la venta al mercado.Siempre se teje por encargo de alguna persona económicamente pudiente y, en general, se pide tenerlo listo para alguna ocasión importante en la comunidad de origen del comprador.
El tejedor de ponchos de dos caras es un artesano especializado y aunque en la zona en que están concentrados hay unos cuantos de ellos, la mayoría es de edad avanzada, que se empeña en formar una nueva generación de tejedores para mantener la tradición.
El aumento en el uso de productos industriales y las tendencias en la moda de los indígenas jóvenes hace temer por el futuro de esta especialidad, que se mantendrá vigente solo si se conserva la demanda de la propia comunidad o si los grupos indígenas ven la necesidad de mantener su indumentaria tradicional, tomándola como parte de su identidad étnica y de los valores culturales que hoy se hallan tan empeñados en rescatar.
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